Personalmente me hago esta pregunta cada cierto tiempo. Todo el mundo se la hace en algún momento de su vida, o debería, hay quien no se la hace nunca. Está claro que vivimos organizados de tal manera que, llegados a la edad adulta debemos obtener ingresos para acceder a bienes básicos para mantenernos. No es posible vivir sin dinero y la mayoría estamos de acuerdo en ello – si no sería así- . La manera en que nos organizamos para ello varía, pero por lo general, si no vivimos solos, alguien está encargado de esa tarea: realizar un trabajo por el que obtener un dinero. En ocasiones sobrepasamos esa línea. Olvidamos lo básico y se pierde la visión del objetivo. Sucede también a menudo cuando el trabajo que se realiza se corresponde con lo vocacional, o cuando gastamos más de lo que tenemos, o queremos mantener un ritmo de vida determinado. Sin embargo, en ocasiones, va incluso más allá de eso y por diversos motivos sobrepasamos nuestras energías por sistema:
… quiero ser el mejor, quiero demostrar mi responsabilidad quedándome más horas de las que me piden, voy a decir que puedo hacerlo todo y ya veré cómo, voy a llevarme el trabajo a casa (por norma general con los objetivos enunciados), voy a hacer de mi vida social en la empresa el centro de mi vida, quiero estar en la estructura de la empresa, voy a convivir con mis compañeros de trabajo y todo lo que suceda lo voy a poner en el mismo grado que en mi vida no laboral.
La dificultad de poner límites, de decir que no, de no tener el valor de sacar a la luz situaciones que nos parecen injustas por miedo a perder la valoración de nuestros superiores, o aceptar cargas de trabajo excesivas acostumbran a tener en la base sentimientos de responsabilidad del todo exageradas, necesidad de valoración externa y la necesidad de convertir el trabajo en un refugio. Con el tiempo he observado y participado de algo que parece un síndrome en muchos grupos de gente, de amigos, reunidos fuera de un entorno laboral. Nos juntamos y hablamos de nuestro trabajo durante horas, no del contenido – que nos puede entusiasmar – sino de sueldos, de horarios, de las palmadas que nos han dado en la espalda y nunca falta aquel que habla de una empresa ajena como propia: se llama identificación y compromiso. Sí ¿pero dónde están los límites?
En ocasiones descubro con horror, que puedo ser el tipo de persona que prioriza su trabajo a su vida personal, o lo que es peor, tengo límites lo suficientemente estrictos como para que este marque el resto de mi vida, incluso en esferas que no tienen que ver y se desarrollan fuera. ¿Qué sucede cuando no nos marcamos horas de entrada y de salida? ¿O cuando hemos entregado nuestra agenda a una empresa, de manera, que un fin de semana con pareja, familia o amigos queda suspendido por imperativo legal? Sólo nosotros decidimos que es imperativo legal y dónde está el límite. ¿Dónde está el tuyo? ¿Has arrinconado en algún momento tu tiempo de descanso y relacional por trabajo? ¿De manera constante? ¿Cuál ha sido el precio? Probablemente no podemos indicarlo con dinero. Lástima. Sería un sistema redondo.
Laura.

11 de Diciembre de 2009 a las 3:46
A mí me han pasado factura en la empresa por no quedarme hasta las tantas de la mañana haciendo un tabajo que había que acabar. Ahora me han apartado de la empresa y trabajo algo desde casa, pero con una bajada de su sueldo descomunal. A sí que a veces, por negarte a hacer del trabajo el centro de tu vida, tienes consecuencias nefastas. El problema es que siempre hay “compañeros” por decirlo de alguna manera, que se arrastran por caer bien y tragan con todo.
12 de Diciembre de 2009 a las 9:05
El tema da para mucho.
Cuando te quieres dar cuenta, lo que era para ti la vida (es decir, tu trabajo) te deja de dar respuestas personales, sobre todo si tu trabajo te da notoriedad y prestigio social.
NUNCA olvidemos de separar lo personal de lo profesional. Es realmente el camino.
15 de Diciembre de 2009 a las 21:22
Durante un tiempo viví para trabajar, era como una droga, con la titulación casi en el bolsillo las ansias de conocimiento y práctica hacían que los tres empleos que tenia fueran lo mejor de mi vida, Juanma me ayudaba a empezar bien temprano, sabiendo que él madrugaba aún más para estar allí. Me levantaba a las 5:55, ahora me parece una locura hacerlo antes de las 7, y la mayoría de días me daban las 8 de la noche repasando hierro en algún forjado. Pronto descubrí que mientras fuéramos solo dos no había ningún problema pero que algún día quería tener familia y eso tendría que cambiar. Y cambió.
7 de Enero de 2010 a las 23:34
Durante años hice muchas jornadas de más de 12 horas, el que era mi pareja y yo nos llamábamos cuando íbamos a salir de la oficina para llegar a casa “juntos”. Unos años más tarde llegó una pequeña hadita a mi vida, a la que sólo veía unas pocas horas al día porque el resto lo pasaba trabajando y a la que criaba mi madre. Luego llego un dragoncito con el que hice exactamente lo mismo. Y me dí cuenta de que el amor que había con mi pareja había desaparecido. Lo habíamos descuidado tanto que se había secado. No quise que me pasara lo mismo con mis hijos. Porque empecé a ser consciente de que me odiaba a mí misma por no ser yo la que estaba criando a mis hijos, por tener envidia de mi madre y de las horas que pasaba con ellos, y decidí que aquello tenía que cambiar. Que todo tenía que cambiar. Si todo lo haces igual, porqué esperas un resultado diferente?. Hablé con mi pareja y le dije que lo nuestro se había acabado. Y dejé mi empresa, a la que estaré muy agradecida siempre por haberme dado muchas oportunidades y haberme enseñado mucho (bueno, en realidad no fue la empresa, si no maravillosas personas que trabajan en ella y a las que siempre recordaré con amor). Y busqué otra forma de enfocar la vida. Intentaré ser profesora, porque me gusta enseñar, pero no sólo la materia que tenga que impartir, si no también enseñar a pensar. Las Matemáticas son una buena herramienta para enseñar a pensar. Y porque ser profesora es también un trabajo que me permitirá tener mucho tiempo con mis hijos, disfrutar de ellos muchas horas al día, estar a su lado y verles crecer día a día, madurar, enseñarles a pensar por sí mismos y no a través de lo que opinen otras personas, estar con ellos cuando tengan que afrontar momentos difíciles en su vida y también compartir toda la felicidad que seamos capaces de crear.
Antes vivía para trabajar. Ahora estoy buscando el camino para encontrar un trabajo que me permita vivir.