Dolor y Resiliencia

El dolor forma parte de nuestra vidaLucía nos ha mandado este mensaje:

Un día recibí la llamada de teléfono de un amigo invitándome a contar mi historia en este pequeño rincón donde siempre existe un soplo de brisa que, de manera misteriosa, consigue que las penas sean menos penas…  

Tendría muchas historias que contar… algunas felices y otras no tanto… La más dramática está sucediendo… le está sucediendo a alguien a quien amo porque ella fue quien me dio la vida durante una fría mañana de un 2 de enero allá por mil novecientos ochenta. Se llama Uxue, que significa “paloma” en euskera pero yo gusto de llamarla “ama” cuya traducción en castellano no es otra que “mamá”…  Ama se muere de una enfermedad terminal… Es irremediable y así será hasta que la dama de la guadaña se encargue de cubrir su rostro con su manto. Cada día que pasa me pregunto desde Madrid si recibiré la fatídica llamada que certifique su muerte o si, por el contario, podré volver a escuchar una vez más su gélida voz al otro lado de la línea telefónica… Cada nuevo día es una nueva incertidumbre.

Dicen que he de prepararme para ese día… dicen que he de ser fuerte y lo cierto es que lo soy.

Sin embargo, no quiero dejarla marchar y no lo haré a menos que me lo pida ella. Hace tiempo que no lloro cuando contemplo su pequeño cuerpo tendido sobre la cama… cuando deambulo por el corredor de los pasos perdidos del hospital mientras ella recibe su dósis de morfina.

Siempre regalo sonrisas a los celadores que me traen café con leche y “enhorabuenas” a las parturientas que son empujadas en sus sillas de ruedas hasta el paritorio… 

No he dejado de pintarme el ojo ni de acicalarme como siempre he hecho y de ninguna manera haré un drama de mi propia desdicha. Y no…No creo en la otra vida. Sólo creo en ésta vida y en el tiempo que aún ella es capaz de regalarme, de los ratitos que todavía puedo disfrutar a su lado.

Ante algo así, Lucía, solo cabría el silencio.

Pero entonces este proyecto no tendría ningún sentido.

Seguramente lo fácil es compadecerte por tu situación y a aplaudir tu entereza.

Pero esto no funciona así. Así que a costa del riesgo que supone poner un “pero” al final de tu explicación, decido hacerlo, invitando a que haya más personas que lo hagan.

Estás ante un duelo, y ya ha comenzado. La forma que tenemos de vivir algo tan natural como inevitable como es la marcha de un ser querido es algo que forma parte de la vida. Toda relación termina, tarde o temprano.

Nos enseñan a EVITAR el sufrimiento, no a aceptarlo. Y un duelo tiene un curso diferente en cada persona, según sus creencias y el color del cristal con el que ve su realidad.

En tu explicación percibo orgullo al llevar puesta la sonrisa mientras por dentro corre tu tristeza. ¿Por qué? ¿No sería mucho más lógico vivir tu tristeza sin más? Parece que hay una necesidad de contención cuando dices “de ninguna manera haré un drama de mi propia desdicha”

Contener las emociones nunca funciona. Algo dentro de ti sabe que te estás engañando. Y lo más importante: se bloquea el funcionamiento sano de tu sistema emocional.

Si tu deseo es ayudar y tranquilizar a tu madre con tu entereza, solamente hay para ti una palabra que te dará la armonía que necesitas: la Aceptación.

La entereza real (hasta donde sé, es la única válida) solamente se consigue mediante la aceptación profunda en el interior de que se trata de un proceso natural que a todos nos ocurre. Aceptación no es rendirse, no es debilidad no es dejar de luchar con todas tus fuerzas. Aceptación es entrar en armonía con el discurrir de los hechos.

Dices que no crees en la otra vida, y es tan válido (o más) que cualquier otra creencia. Hay quienes se apoyan en su fe ante circunstancias como esas. Yo soy de los que piensan que la única y verdadera salvación está en ti:

  • Sentir tu dolor como algo que, sencillamente, es.
  • Aceptar la situación
  • Tener “resiliencia”: capacidad para volver a nuestra vida después de una experiencia muy dolorosa.

Desde luego, no es fácil. Si la vida lo fuera, seríamos absolutos inútiles.

Acabaré con una referencia a alguien a quien he tenido la suerte de conocer hace unos días: Thomas Buergenthal.

Fue prisionero en Auschwitz y vivió todo tipo de infortunios dramáticos, pero ha publicado un libro autobiográfico titulado “El niño afortunado”

No ha borrado de su brazo el tatuaje con el número de prisionero. Y todos los días, cuando se lava, esas cifras le recuerdan que puede hacer mucho desde su posición de Juez del Tribunal de La Haya por mejorar el mundo.

5 comentarios

  1. Parte del Universo dice:

    Me enteré por un correo electrónico de una amiga en común, al momento llamé a su mujer… me contó que se quedó inconciente desde el primer momento y seguía en coma, yo no paraba de llorar y ella era la que me tenía que tranquilizar. Y ya… el día del funeral estaba bastante tranquila hasta que solo eras humo y olor, ya no podía parar tu “ida”.

    ¿Cuántas veces habíamos hablado sobre la muerte como parte de la vida, en si existen más vidas, en qué el cuerpo solo es un evoltorio, en qué cuando uno ha hecho su misión ya en la vida se va, en si nacemos perfectos y vamos convirtiéndonos en imperfectos o viceversa…? Sí, estoy de acuerdo en todo y leo mucho sobre ello pero desde ese instante un fuerte dolor en el corazón me acompaña y soy incapaz de razonar todo lo aprendido y en qué tengo que verlo todo amarillo… sí, lo siento pero me pregunto ¿Por qué a ti? ¿Por qué no compartimos más momentos? ¿Seguro que sabías lo mucho que te quiero? No podré charlar ni abrazarte más… Parece eogismo porque solo es yo, yo, yo… pero no, es tu envoltorio el que se ha ido: sin tu mujer y tu hija, sin tus amigos, sin tus libros, sin tu ibiza rojo, sin tus gafas, sin tus camisas por fuera, sin tu burrito, sin tu sabiduría…

  2. Juanma Ortega dice:

    En el momento de redactar este comentario, la mamá de Lucía ya no está entre los vivos de este mundo.

    Mis deseos sinceros de que este duelo te abra nuevas puertas antes de cerrarte otras, Lucía.

    Con cariño.
    Juanma.

  3. Parte del Universo dice:

    Un abrazo Lucía, para toda la família… piensa que se ha ido la parte física de tu madre, ella sigue contigo; poco a poco verás sus señales.

  4. Lucia dice:

    Gracias a todos por vuestro calor especialmente a ti, Juanma, porque no me has abandonado ni un instante en pensamiento…

    Y… sí. Ella ya no está pero su recuerdo me acompaña allá donde voy, incluso cuando duermo.

    Empiezo a darme cuenta de que quien tiene un “por qué” para seguir adelante es capaz de soportar cualquier “cómo”. Comienza, pues, la puesta a cero de mi propio contador…

    Descansa en paz, mamá…

  5. Gracia dice:

    Nada es azar… Como el título de un famoso libro de Richard Bach.

    Aunque accedo a esta entrada casi dos años después, me siento muy identificada con lo que se dice.

    Querida Lucía:
    Yo perdí a mi madre el 26 de abril de 1990 (cuando yo tenía 23 años). En realidad digo perderla físicamente, puesto que aproximadamente una semana antes todo su ser, su amor e inteligencia se perdieron “como lágrimas en la lluvia”… (Un coma vegetativo es como el viaje del Principito:…”parecerá que estoy muerto, pero no es verdad…Será como una corteza vieja que se abandona”).

    Mi reacción era la de aguantar todo lo que me echaran, y más… Eso te hace a veces tomar decisiones erróneas (yo por ejemplo tuve episodios de bulimia), porque nada ni nadie te enseña (ni las doctrinas, ni los colegios…) “a priori” a gestionar los sentimientos. Pero de vez en cuando, en los desiertos hay pozos que esperan y “cantan” con sus roldanas y cuerdas, y esas canciones son las que te hacen despertar…

    Veinte años más tarde, es mi suegro el que se encuentra en circunstancias terminales. La historia es absolutamente distinta pero el final será el mismo. Y en una familia en la que todos quieren hacerse los fuertes, yo soy la nota discordante… No porque llore más o menos, sino porque intento ayudar a los demás, los que no saben, a derramar esa agua del pozo, a que suene esa música liberadora. A que hablen, se comuniquen, en definitiva, aprendan a vivir… y quizás (y eso me cuesta a mí la primera) a morir…

    Y sí… a mí, mi madre también me sigue acompañando, como a ti, incluso después de 20 años. Y espero que lo siga haciendo hasta el final…

    Besos.

    ¡

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