
Marina
Un silencio suave y profundo se abate sobre este hogar, ahora tranquilo. Te escribo desde tu cuarto. El lugar en el que tu cuna iba a recoger tus primeros llantos y sonrisas. El sitio donde imaginé tantas veces que extendías tus manitas para tocar, oler y llevarte a la boca tus primeras sensaciones.
Comencé a escribir esta carta en una fría sala de espera, mientras buscaban el latido de tu minúsculo corazón. Tu madre, sola, te lloró en una sala de hospital cuando no lo encontraron. Yo solo pude correr y correr hasta ella para atravesar juntos el negro y estrecho pasillo que es el silencio de tu ausencia.
Unas semanas contigo fueron suficientes para sentir tanto amor…
Aquella carta comenzó llena de rabia. Sí, soy humano. Es una de las cosas que tu simple existencia me enseñó.
Verás, Marina: en este mundo extraño que no conocerás, la simple verdad desnuda de la vida o la muerte nos hace temblar, impotentes, mientras nos damos cuenta de que nada tiene trascendencia salvo una verdad: solamente existe el amor.
Ni siquiera has nacido y he recibido de ti tantas lecciones …
Nunca pude estar contigo, ni acariciar tus escasos cabellos mientras te quedabas dormida. Tampoco llegaré jamás a saber si heredaste la personalísima nariz de tu madre o mi pelo negro y rebelde. Y si sé que venías mujer es porque así te vió mamá en sus sueños todos y cada uno de los días en los que tuvo la suerte de llevarte en su vientre. Ah, y en los de tu tío Tony. Todos sentimos tanta alegría con tu simple existencia… Leer más »
